El Barómetro de las Américas ha revelado cifras preocupantes sobre la confianza de los peruanos. Solo el 41% de la población confía en su comunidad, mientras que la percepción sobre instituciones como el Congreso es alarmantemente baja. En un contexto político tenso, se han intensificado los debates en redes sociales sobre la veracidad de las elecciones, con acusaciones de fraude que surgen antes de que se cuente un solo voto.
Estos problemas de confianza no son nuevos; según el Instituto de Estudios Peruanos, la confianza interpersonal ha ido en descenso desde su pico en 2014, cuando alcanzó el 55%. En el actual Barómetro 2025/26, la situación es aún más grave: solo el 7% de los peruanos confía en el Congreso y el 82% considera que los políticos están involucrados en corrupción.
La creciente desconfianza alimenta narrativas peligrosas. Cuando los ciudadanos no reconocen a otros como pares, interpretan sus derrotas como robos. Este ciclo de desconfianza erosiona la legitimidad del sistema democrático y puede llevar a una mayor desestabilización. Como hemos visto en otros contextos, la falta de confianza no solo afecta a quienes creen en estas teorías, sino que contamina a toda la sociedad.
La democracia peruana enfrenta un reto significativo. La resiliencia ciudadana es fuerte, pero cada acusación sin fundamento agrava el escepticismo hacia las instituciones. Este fenómeno podría tener repercusiones graves en el futuro, ya que la falta de confianza no distingue entre instituciones corruptas y aquellas que funcionan adecuadamente.